viernes, 4 de abril de 2008

Bibliofagia y Bibliofilia

Las estanterías de mi casa, de repente, me parecen como nichos de cementerio. Inútiles llenas de pasado.
Hay libros muertos que jamás conocí, otros con los que pasé un buen rato y otros que se portaron como mis peores amantes -tan escasas como mis lecturas- y me dejaron frío.
Como yacen ellos ahora.
Pienso comerme mis próximos libros. Iré leyendo cada página y al terminarla la ingeriré sin miramientos. Me daré un atracón de metáforas, pleonasmos y celulosa al mismo tiempo.
Esto constituirá un acto de bibliofilia y bibliofagia. Seré como una mantis religiosa y haré de cada acto de lectura una catarsis que conjugue mis dos grandes placeres: el gastronómico y el otro, que ahora no recuerdo.
Hoja va, hoja viene, se irán cansando mis ojos y mi estómago a partes iguales, y con el tiempo y debido entrenamiento, os podré hablar sobre qué libro leer de primer plato y cual dejar para postre.
Podré entender la pesadez, la única, de Mario Benedetti al ser editado por Alfaguara, que siempre utiliza hojas de mayor gramaje y demasiada cola en sus lomos, y degustar, como entrante de un suculento banquete, las finas hojas de algún salmo, sacado del misal de mi comunión, con el ligero adobo de polvo que ha matizado su sabor, en un sordo trabajo que ha durado justo treinta años para llegar al punto idóneo en paladar.
Entraré en una librería como quien entra en el Carrefour, y en esa encrucijada, mis
jugos gástricos rezumarán cuando pase por la sección de repostería, la de cuentos despegables, que se abrirán ante mí como tartas de tres pisos.
Se me ocurre que podré identificar al final de mi aprendizaje el hardware con el software, es decir, el libro con su contenido. Por ejemplo, la edición de Robinson Crusoe en pasta dura será como el marisco, todo cáscara, así que chuparé sus hojas con fruición intentando extraer de ellas todo el sabor del mar.

8 comentarios:

Mi vida en 20 kg. dijo...

Nos cuentas como vas...ok??? y me dices cual te dio indigestion...

Saludos

botijo de oro dijo...

Bueno, al principio me pasa como cuando vas a un restaurante fino. Los platos me entran por el nombre antes que por el sabor. Debe ser que por eso me lancé con el Quijote; pero ni lo intentes, es mi consejo, porque es tan etéreo el hidalgo que me dio aerofagia. Una pena.

Enrique Páez dijo...

A mí acabó gustándome el olor a amoniaco de los ferros, las pruebas de imprenta, el momento último de firmar el "tírese". Avecinaba libro

botijo de oro dijo...

Sí, sí, pero los vapores que dejó el amoniaco no resolvieron mi problema con los gases, con lo que cuando terminé me dije como Cervantes: "Vale", como un "ya está". Tras lo cual solte un pequeño eructito de satisfacción.
A mí la que me pilló de paso fue la edición de Alfonso Fernández, buen amigo mío. La verdad, nunca pensamos que Don Miguel se tomará tal cabreo.

bizarro sin interrupcion dijo...

No puedo evitarlo, por tópico que sea, pero la mente se me dispara

¿Y como será tener a todos los habitantes de Macondo dentro del cuerpo? Qué gran multitud.

Y tener las dudas y mortificaciones del gran Raskolnikoff en "Prestuplienie y Nakazanie" (Crimen y Castigo)? Abrumadoras.

¿Y como es el resultado de tener dentro "Antes de que Anochezca" y las infinitas experiencias sexuales de Reinaldo Arenas con media Cuba? ¿Sientes tu cuerpo más usado, más viciado, más fresco, feliz y joven?

No puedo evitar que con tu idea, la mente se me dispare...

bizarro sin interrupcion dijo...

Pero eso sería como si al comerte un filete de ternera te viniesen a la cabeza todos sus traumas y experiencias.
¡Qué las vacas locas no existen, hombre!

Recursos (In)humanos dijo...

Estimado maestro:
Seguiré llamándole de tan insigne forma, más por hábito que por merecimientos, pues ha osado meterse con Dios, también apellidado Benedetti.
Así que, le castigo con un relatito que dediqué a dos amigos míos gallegos, y que adapto a su condición alcarreña.
Hasta más ver!!!

Eran Alcocereños, aunque ellos, entre chanzas y risas, achacaban sus ojos azules a los celtas o a los vikingos, quienquiera que hubiera conquistado antaño sus queridas tierras.
Poco tenían que ver, lo que tensó más aún la cuerda de ese algo inquietante que llaman misterio.
Enrique acababa de entrar en los cuarenta, aunque su cuerpo deportista lo desmentía. Antonio pasaba de los cincuenta, pero en su caso, su bondadoso cinismo lo corroboraba.
Enrique era optimista y vital. Antonio, taciturno y prudente. Uno amaba la vida y la trataba con la ternura del primer beso. El otro la aceptaba con resignación, como quien no puede descambiar un regalo inapropiado.
Coincidieron una sobremesa en el Goyo, en una comida impuesta por su empresa. Entre sanjacobos y morteruelo charlaron banalmente de sus vidas. Más tarde, apartados del resto, entre orujos y J&B, destriparon sus miserias y orgullos.

Volvieron a sus casas, y en sus respectivas camas con sus respectivas esposas se les espantó el sueño, se les tiñó el alma de oscura ansiedad y les invadió el desasosiego que provocan las llegadas inesperadas.
Ya nada fue igual. Se querían sin necesidad de decirlo, bajo el amparo de la sabiduría. Se mandaban mensajes llenos de acrónimos indescifrables, participaban en multiconferencias como testigos silenciosos, con respiraciones más profundas de lo debido, con la esperanza, y al mismo tiempo el pánico, de que la red las descodificara para el otro. Se enviaban correos electrónicos de calendarios de Michelín, con el deseo de que las curvas de las modelos desecharan sus más íntimos pensamientos. Se añoraban con la rabia del envidioso y se odiaban con la vehemencia del traidor, pues eso eran.
Una noche, posterior a un tedioso día de convención en Madrid, se decidieron.
Cuando sus colegas optaron por irse de putas, ellos les siguieron con la nuca tensa y las manos sudorosas.
Tras la ceremonia preliminar y mientras una hilera de señoritas de lozanía evaporada desfilaba delante de ellos, se miraron a los ojos, como si fuera la primera vez que se veían, y con un lento movimiento del índice, escogieron a la misma.
Antonio subió primero. Nublado por los cubitos del ron, Enrique perdió la cuenta del tiempo transcurrido. Cuando al fin su amigo bajó, pasaron uno al lado del otro sin cruzarse una mirada. Llegó a la habitación y cuando la muchacha se disponía a ir al baño, Enrique suspiró hondo, se mesó los cabellos canosos y, al fin, con voz firme le dijo pausadamente: “Ni se te ocurra ducharte”.

botijo de oro dijo...

Recurso muy humano:
Me meto con la laboriosa y elaborada edición de Alfaguara, que se me indigesta al tragarla, no con Mario, no osaría ;)
Respecto al relato, me tratas como lector ocasional cuando yo soy de los contumaces tuyos. Este cuento "tuneado" ya lo tenía yo leído, pero se agradece intervenirme en la historia, y en un adecuado segundo lugar. "Primero Dios y después la Virgen", como decimos en Emdudis.