martes, 12 de febrero de 2008

El podio bizarro: botijo de plata

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Es un lenguaraz que no calla ni se corta. Un chulo de pueblo devenido en barrio de la periferia del Gran Madrid. El día de la carrera no paraba de maquinar y arreglar apaños con la familia política presente. Así es este bizarro capullín.
Medio asturiano, medio modelo, medio policía, medio casado, medio actor y ala-pivot, ni tira de tres ni machaca el aro, bizarro por ello, porque cuando va lo hace de espaldas y parece que vuelve. Es sagaz como pocos, pero lo conozco como si lo hubiera parido y yo sé cuando pone la cara, si lleva treinta y una o va de farol –y en este último caso, creanme, sus pulsaciones no pasan de cuarenta por minuto– es muy sagaz, se lo acabo de decir.
Bizarro también por desprendido, por no mirar reales ni euros, tal será que en alguna juerga me ha dejado administrar las copas a las que invitaba en su cumpleaños (gran cuore inocente) y siempre le parecían pocas; si alguien se va, antes insiste en pagar taxis previa factura, y si algo es caro suelta el órdago: “y todo esto (el local, el negocio, etc.)… ¿cuánto sale?”. Díganme si no es bizarro el tipo.
Con Wittgenstein comparte que hay una enorme distancia entre la realidad y el mundo tal y como lo percibimos, de tal forma que cualquier cosa se puede orientar, con tesón bizarro, a su punto de vista. Dicho de otra manera más castiza, puede vender no una burra sino un rebaño de ellas. En cierta ocasión, fui testigo de como organizaba un café-teatro en un disco-pub, a altas horas de la madrugada, con media compañía borracha, servidor al menos, y con el público en no mejor estado, con el objeto de financiar un montaje de Shakespeare –“La tempestad” no podía ser otro–. Al final fallaron los micrófonos y las voces no se sobreponían a unas gentes que ya estaban en fase de exaltación de la amistad; el dueño que no paraba de beber fue frenado en seco por una hostia de su socio y sin embargo hermano –diremos en su descargo que eran napolitanos– y todo acabó como el Rosario de la Aurora. ¿Cómo pudimos llegar a ese punto? La ilusión del menda de plata y su entrega (dos horas de media de sueño durante un mes), tuvo que ver mucho en esa burra. Yo vestido de angelito gay en zapatillas de felpa, guardo de todo aquello el mejor de los recuerdos; a él, en cambio, estos derroches de ilusión bizarra le han pasado factura en alguna ocasión, y promete enmendarse.
Rarísimo y gallardo, termino, por ser inasequible al desaliento. Aunque es un triunfador, yo diría más bien un superviviente, puede perder vacas, partidos, sets enteros… y no concebir ni reconocer la derrota –“No me jodas Kikoso, me cagüen to…” y yo vuelvo a sacar y/o barajar de nuevo, sin gota de esperanza en la próxima victoria–.

Así se las gasta el punto.

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1 comentario:

bizarro sin interrupcion dijo...

Que pena que no haya fotos del angelito gay :-)