martes, 12 de febrero de 2008

El podio bizarro: botijo de bronce

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Es un poeta ripioso que fabrica rimas a la velocidad de su veícolo longo. Coincido con él en nuestros inhóspitos veranos alcarreños, estíos bizarros que doran el alma y maceran el hígado, o maceraban –cualquier tiempo pasado no lo recuerdo–.
El I Gran Campeonato de Alcocer de Karting, nació en Agosto bajo un sol de justicia que caía de plano, sobre el bizarro circuito de Cabanillas del Campo, al ladico de Guadalajara.
Nace el calificativo de sus interminables 13 vueltas 13, unas cerradas y otras muy cerradas, obra de alguien tan bizarro para no sentir, como la tonta lógica ordena, aprecio por las costillas de sus clientes (la centrífuga hace que asiento y costillar se aproximen como sólo lo hacen los amantes apasionados, huyendo por celos la carne que se interpone entre ambos, lo que ocasiona al piloto un dolor importante durante unas tres semanas). En ese entorno me dijo el limeño, a qué no lo hacemos, y desde ese momento ya estábamos tardando. Don Victor Guindo –no hay uno sin trino en nuestro católico país– consultado dio su consentimiento, que para eso es consultor, y el 25 de Noviembre parimos a la criatura –el padre y el hijo, ya que el espíritu santo se nos había marchado a buenos o mejores aires, no lo recuerdo–.
A Osuli, así se llama no sé si les dije, se debe la bizarra idea de los botijos de oro, plata y bronce, así como la boina de honor a la vuelta rápida. No menos suya es la ocurrencia de dar una tortuga (“la tortuga fisikela que ni corre ni vuela”) al último clasificado.
¡Qué jodío y que arte tiene! Es un bebedor de los buenos, ante merididan, que no cata gota mientras haya sol, lo que le da una aura de vampiro que siempre me ha intrigado. Ya cuando el astro febeo se acuesta, el bizarro, mitad cobre mitad estaño, despliega un sinfín de partituras y ocurrencias sobre la manta de botellas de Dyc y refrescos a
nte las que se arraciman sus huestes, y ahí saca coplillas y chascarrillos que con los años se han ido convirtiendo en la memoria viva de su peña. Eso sí, cada vez mengua más el corrillo, lo que hace más bizarra la juerga, y la manta de bebida ya no llega ni a pañito de sobremesa.
Para terminar, y como muestra de su bizarría tan solo sacaré a la luz una costumbre: los martes de fiestas patronales, se encerraba con los suyos en un cobertizo casi demolido que llaman peña, y ahí daban rienda suelta a una batalla de gapos que les hacía ponerse a todos ellos como recién duchados, al tiempo que, invariablemente, destrozaban el radio-cassete que les había servido para que algunos, no bizarros, echasen unos bailes. Espero me perdonen que cuente esta especie de San Martín tecnológica, y creanme, contarlo no es ni la cuarta parte de haberlos visto salir del chamizo, tan duchaditos, después de la catarsis.


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1 comentario:

bizarro sin interrupcion dijo...

Lo de la "tortuga fisikela" no lo sabía :-)

Aunque estando hoy como están las cosas, a lo mejor habría que cambiar el nombre :-)