lunes, 11 de febrero de 2008

Bizarría hispánica o epifenómeno gallardo

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Me llamo Enrique. Soy Botijo de Oro y Boina de Honor a la vuelta rápida del último Gran Premio de Alcocer de Karting. Me ha llevado treinta y ocho años conseguirlo, pero al fin lo he alcanzado… Puedo lucir un trofeo bizarro en mi inexistente vitrina.
Contemplo la bizarría como una tierra prometida, como el exigente paraíso de los Testigos de Jehová, algo más grande que el Nou Camp –¿Qué es eso en comparación con la historia humana? poco más que un club–, al cual están llamados todos aquellos que delinquen contra la Ley de los Grandes Números.
A mi me gustaría comulgar de alguna manera en este espacio, el sentido que tiene bizarro en nuestro idioma (esforzado, y en segunda acepción generoso, lucido, espléndido) con el significado francés e inglés del término (rarísimo, extraño, estrafalario o anormal).
O sea, yo creo que el bizarro es un epifenómeno, una rareza, sí, pero un epifenómeno gallardo (atributos ambos que quedan simbolizados y se materializan en mi botijo de oro, modestia aparte bizarramente hablando). Nótese que bajo este significado el bizarro es algo más que un freak, y que un objeto bizarro es algo más que un objeto kitsch, dado que la sublime cualidad de la bizarría se alcanza por la gallarda actitud que tenga el sujeto u objeto en cuestión. De otro lado, la cualidad de freak o kitsch depende del ojo del observador, mientras que la bizarría es subjetiva y nace de la persona al mundo. Es intencional e incuestionable mientras uno la sienta. Es una inmensa minoría.
El bizarro sin interrupción es consciente de sus limitaciones, pero lejos de ser esto mellas en su vocación, son medallas con las que adorna su traje. Sabe que lucha contra la gran mayoría que despaciosamente empuja, todos a una, en una sola y tozuda dirección, haciendo del rebaño virtud por el sólo hecho de serlo, buscando el refrendo de sus actos en el otro que hace lo mismo (beeeees como te lo decía). En cambio, cada bizarro ha de esculpir en la piedra a risa, llanto y fuego un camino que él sólo surca. Nada de verdes pastos, nada de agua clara, tan sólo la promesa de que quizá (oh! paraíso jehovita) podrá alcanzar algún sitio donde ningún otro haya estado antes.


Y ya está.


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1 comentario:

Anónimo dijo...

Preciosa definición :-)